2008-10-24, Domingo 30 de Noviembre de 2008

Arqueología de la ausencia

Esta muestra logra atrapar un tiempo que no existe, en el que hijos y padres separados por la muerte, el secuestro o la desaparición posan juntos por primera vez. Exhibida en 2008.

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Realizado por Lucila Quieto.

Fecha: 24 de octubre de 2008.

 

Esta muestra logra atrapar con sus montajes fotográficos un tiempo que no existe, crear momentos irreales en los que hijos y padres separados por la muerte, el secuestro o la desaparición posan juntos por primera vez.

 

Quieto aprendió a mirar como si buscara; a enfocar en el blanco hasta que se imprima el trazo móvil que guían los relatos, el deseo de que el tiempo transcurra más acá del instante, que tienda la mano para cubrir esos ojos que miran interrogando sobre lo posible arrebatado. Esa es la chance que le dieron las fotos: un momento capturado al que se puede interrogar para que conteste por la música que sonaba de fondo, el olor de la comida que se ve detrás, el color de unos pantalones, la temperatura del agua en esa playa.

 

"Siempre me gustó mirarlas", dice y es fácil imaginar a la niña que fue revolviendo las pocas fotos de su padre y rearmándolas para que cuenten algo más que esa anécdota que se cerraba en la toma. Que le cuenten, por ejemplo, quién hubiera sido ella si no hubiera tenido que esperar 17 años antes de inscribir el nombre del padre en el documento de identidad. Que le cuenten de qué se trata la identidad que forzosamente se enhebra y se despliega sobre el blanco de la ausencia. Algo faltaba siempre en esas fotos: faltaba la progresión del tiempo ajando los rostros, angostando los pantalones, afeitando, tal vez, ese bigote para siempre hirsuto en el tiempo quieto de la imagen estática.

 

Veinticinco años, dice ella, ese es el tiempo que le tomó la gestación de "otra foto". Ya que no hubo un crecer al reparo, Lucila asume la violencia de la falta y se interpone ella misma en un acto abrupto ahí donde quería estar. Fuera de tiempo, fuera de espacio, ni el tiempo de la toma ni el de superposición. El rompecabezas se arma y se desarma. Subyace la búsqueda: "unir lo que estaba destinado a quedar separado", dice ella. Pero también la de desarticular la imagen hasta que olvide lo que era para ser ella la que la provoca y la convoca, quien la haga hablar y contar: de qué se trata una sonrisa, con qué materiales se fragua el amor, por qué el amor y no otra cosa arma una familia entre los que están y los que no están, entre quienes se detuvieron en el tiempo y quienes mutan.

 

En el intervalo de la ausencia Lucila Quieto arma su guarida y desde allí tira sus lazos como quien busca entre las especies un rebaño de indómitos ejemplares que parecen domesticarse a su designio pero, como en todo rompecabezas, se desarman y se fugan para darle la oportunidad de seguir buscando la pieza que, en definitiva, será la obra. O la vida misma.

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