La Capital - Suplemento Señales, Domingo 23 de Marzo de 2014

Habitar la memoria

(Por Lucrecia Saltzmann). _ En Imaginar el pasado, Karen Saban indaga en las representaciones de la historia reciente a través de seis novelas. Ficción y análisis sobre la última dictadura militar.

En su libro Imaginar el pasado. Nuevas ficciones de la memoria sobre la última dictadura militar argentina (1976-1983), Karen Saban analiza los procesos sociales en torno a la memoria en la Argentina y sus representaciones en la literatura en general, a partir de seis novelas argentinas escritas entre 1990 y fines del 2000.

Recién llegada de Alemania, Karen Saban presentó Imaginar el pasado... en uno de los salones del Museo de la Memoria. Invitada desde el Espacio de Memoria y el Área de Capacitación y Educación Continua de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario, junto al Museo de la Memoria, Saban remarcó que se trataba de la primera oportunidad de discutir su libro con "compatriotas" ya que, aunque realizó su carrera de grado en la Universidad de Buenos Aires (2003), se desempeña desde el año 2004 como lectora en la Universidad de Heildelberg donde recibió su título de Doctora en Filología (2011) y donde reside desde hace algunos años.

El libro, que en un principio fue su tesis doctoral, surgió durante 2005 en Alemania, adonde Saban llegó a partir de obtener una beca de posgrado en germanística. "En realidad es en Alemania, curiosamente, donde entro en contacto con más profundidad con la literatura argentina, porque ahí doy clases de español y de literatura", dice.

En esa primera etapa recibió la influencia de los trabajos de Peter Weiss y la preocupación de este último sobre la transformación de los materiales de la historia en la poesía. Sus lecturas previas, sumadas a distintos seminarios realizados sobre literatura alemana escrita luego de la caída del muro de Berlín −que tuvo como rasgo el "nuevo vuelco" hacia el tema del Holocausto− hicieron que Saban relacionara la situación de la sociedad alemana con el escenario argentino: también aquí sucedía algo similar con la literatura sobre la dictadura.

La posibilidad de realizar un trabajo de literatura comparada resultaba una primera opción, aunque finalmente su perspectiva distó mucho de convertir el libro en un paralelismo simplista entre uno y otro país: "Abandoné esa comparación y quedó más bien como una huella, a comienzos de esta tesis, de la «persistencia del dolor»: la idea de que a pesar del paso del tiempo, la muerte violenta y los crímenes cometidos hacia una generación siguen, como una especie de resonancia traumática, en las nuevas generaciones".

—Elegís seis novelas para analizar cómo la literatura transforma la historia en relato y toma conocimiento del pasado. ¿Cómo la caracterizás y qué rol político le asignás?

—A modo ilustrativo, te puedo dar algunos ejemplos: en uno de los primeros capítulos analizo la presencia de "narradores sospechosos". Utilizo una teoría literaria tradicional, como la de Wayne Booth, para estudiar la presencia de estos narradores que pueden ser apolíticos, amorales o todavía muy jóvenes para entender lo que está sucediendo a su alrededor y a pesar suyo mienten o no dicen todo hasta el final, dejando "espacios en blanco" que apelan a que el lector adquiera una posición más activa en la reconstrucción de la historia. Si el lector se había mantenido hasta el momento al margen de los hechos y había visto estas circunstancias históricas como algo que "le pasó a los otros", tras la lectura de estas novelas se lo invita inevitablemente a tomar postura.

En el capítulo tres me detengo a analizar cómo −tomando la novela Los planetas de Sergio Chejfec− se transforma y detiene (a partir del lenguaje y de un trabajo plástico sobre las palabras), el tiempo. Las palabras pueden detenerlo y hacer lugar a la memoria de, en este caso, un amigo desaparecido, abriendo sitio a la posibilidad de que la literatura sea ese lugar de "conmemoración", a través de la idea de que el amigo se haya transformado en un planeta: en algo que no vemos, pero que está, determinando de algún modo el ritmo de nuestras vidas. Otro ejemplo es el análisis de La casa de los conejos, de Laura Alcoba: cómo una mujer adulta transforma su historia infantil y cómo a partir de ese relato autobiográfico puede convertir la historia de su vida en una novela para, de algún modo, también despedirse de este dolor que la tenía atrapada. El trauma es aquello que no consigue pasarse al pasado, que está todo el tiempo angustiando; en ese sentido, pienso a la literatura como algo terapéutico.

—Te referís a la importancia de la palabra como ese ejercicio que permite "habitar la memoria". ¿Cuál es tu opinión sobre los "lugares de la memoria" en relación a esa idea? ¿Cuál es tu aporte para que no se constituyan, como vos decís -citando a Marc Augé- en "no lugares", es decir en sitios donde se desdibuja la historia y la identidad que los une a lo colectivo?

—Hay que transformar esos lugares traumáticos —a los que estaba asociado el dolor— en relato. En la medida en que a ese tipo de lugares se les ponga palabra me parece que los nudos pueden estar en condiciones de desatarse. Esos lugares no permanecen como fueron, sino que están sujetos al paso del tiempo, de modo que aquello que los unía a las tragedias colectivas y personales se ha perdido, a no ser que se los recupere a partir del relato. La literatura tendría la posibilidad de "presentizar" aquello, de volver actual en cada uno de los horizontes presentes algo que había estado completamente adherido a una situación particular, a una situación histórica determinada.

—Utilizás el concepto de "memoria cultural" y "memoria comunicativa" de Jan y Aleida Assmann. ¿Cómo juegan en ellas las construcciones de poder y hegemonía en un nivel más cotidiano?

—Jan y Aleida Assmann. autores que básicamente crean el concepto de "memoria cultural", están pensando especialmente en culturas de la antigüedad. Entonces, una crítica que se les ha hecho es cómo ellos harían para transpolar un concepto que está asociado a este tipo de culturas, a las más contemporáneas, cruzadas —como vos decís bien— por una multiplicidad de otros factores que ellos no tenían en cuenta cuando hablaban del antiguo Egipto (la globalización, la transculturación). Sin duda, ahí hay un límite muy claro en la posibilidad de transpolar esta teoría a la actualidad. A mí lo que me interesa de la teoría de la "memoria cultural" es la posibilidad de pensar en la literatura como un custodio, como un vigía, un almacenamiento externo de la memoria, un almacenamiento que sin duda va a ir formándose de generación en generación pero que estaría en condiciones de cuidar, proteger aquello que se ve amenazado.

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